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¿Y si el secreto para comer mejor estuviera en tu nariz?

Por Gonzalo Ezequiel Raimondo, Magister en neurociencia y docente de la Licenciatura en Nutrición de UADE.

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¿Y si el secreto para comer mejor estuviera en tu nariz?
¿Y si el secreto para comer mejor estuviera en tu nariz?

Por Gonzalo Ezequiel Raimondo, Magister en neurociencia y docente de la Licenciatura en Nutrición de UADE.

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¿Y si el secreto para comer mejor estuviera en tu nariz? ¿Y si el secreto para comer mejor estuviera en tu nariz?

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Seguramente te pasó alguna vez: terminaste de comer frente a la computadora, respondiendo correos o revisando el celular y a los pocos minutos sentís que no registraste el sabor, la textura ni la cantidad de lo que ingeriste. En el frenesí de la rutina actual, solemos creer que nutrirnos es un acto puramente mecánico que depende solo de lo que hay en el plato, ignorando que el proceso de alimentación comienza mucho antes del primer bocado.

Existe un invitado invisible en cada una de nuestras comidas que define gran parte del resultado: nuestra respiración. Algo tan automático como inhalar y exhalar es, en realidad, el control remoto de nuestro estado emocional y la llave maestra para una alimentación verdaderamente consciente.

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Esta conexión no es una idea abstracta, sino que tiene sus raíces en la forma en que nuestro cerebro procesa el entorno de manera constante. A menudo pensamos en la nariz solo como el órgano que detecta el aroma de un café recién hecho o de una comida casera. Sin embargo, la neurociencia moderna revela que nuestras células olfatorias también funcionan como verdaderos "sensores de flujo".

Estas neuronas especializadas son las encargadas de captar físicamente la velocidad y el ritmo del aire que entra, enviando señales eléctricas directas a zonas del cerebro que regulan nuestras emociones. Cuando respiramos de forma agitada, irregular o superficial, le enviamos un mensaje de "alerta" al cerebro; para nuestro sistema nervioso, el estrés se traduce en una señal de supervivencia que nos pone en guardia. En ese estado emocional de tensión, el cuerpo prioriza la defensa por sobre la nutrición, lo que hace que el acto de comer se vuelva impulsivo, veloz y, sobre todo, profundamente desconectado de la experiencia presente.

Para comprender cómo transformar este caos en plenitud, es fundamental conocer al nervio vago, un cable biológico de alta velocidad que conecta la mente con el sistema digestivo y actúa como el principal promotor de la calma en el organismo. Cuando la respiración recupera un ritmo más lento, profundo y nasal, estimulamos este nervio y nuestro estado emocional cambia de inmediato. De ese modo bajamos las revoluciones y le avisamos al organismo que el entorno es seguro para detenerse a procesar energía.

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Lo fascinante es que esta pausa no solo regula la química interna, sino que propicia que nuestro acto cognitivo se abra, potenciando la agudeza de los sentidos. Bajo esta nueva disposición mental, somos capaces de percibir con mayor nitidez los sabores, aromas y texturas de lo que consumimos. Esta apertura sensorial intensifica la gratificación que nos brinda la comida, permitiendo que el placer sea el que guíe la ingesta y no la urgencia del hambre emocional.

Vivir en un estado de alerta constante distorsiona nuestra relación con los alimentos. Un sistema nervioso activado por el estrés favorece decisiones impulsivas, buscando recompensas rápidas en alimentos altamente procesados, ricos en azúcares y grasas, para intentar calmar la ansiedad del momento. La buena noticia es que todos contamos con esta herramienta poderosa para transformar nuestra salud, una función biológica que nos acompaña en cada momento, pero a la que pocas veces prestamos la atención que merece.

Recuperar la calma a través del aire nos devuelve la conciencia alimentaria y la capacidad de registrar las señales de saciedad que el cuerpo emite de forma natural. Ya no comemos hasta que el plato está vacío por simple inercia o distracción, sino hasta que recuperamos la conexión con nuestras necesidades reales.

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Esta regulación emocional permite que la comida deje de ser un trámite veloz para convertirse en un acto de autocuidado genuino, donde la nutrición y el disfrute caminan de la mano en una experiencia de placer, equilibrio y salud, devolviéndonos el protagonismo sobre nuestras propias decisiones diarias.

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