Si llevás la camiseta celeste y blanca sos campeón
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Minuto 80. Argentina dos. Jordania uno. Hay olor a gol. La pelota espera. No rueda. Respira. Mc Allister cruza por delante. Amaga. Confunde. La barrera se acomoda un paso más hacia el centro. Apenas un paso. Suficiente. Va Messi. Tres pasos hacia atrás. La mirada fija. Silencio. Corre. Le pega. La pelota despega con esa curva que ya conocemos, pero que nunca termina de explicarse. Pasa por el costado de Mc Allister, encuentra una hendija entre dos camisetas jordanas y dobla cuando ya parece que no puede doblar más. El arquero duda. No vuela al otro palo. Tampoco protege el suyo. Y con Messi, una duda es una eternidad. íGooooool. . . ! íGolazo! íGooooool argentino! íArgentino. . . argentino. . . argentino! Otra vez Leo. Otra vez el zurdazo.
Otra vez esa extraña sensación de que todos sabíamos lo que iba a pasar. . . y, sin embargo, vuelve a sorprendernos. Porque siempre hay algo de Messi. No importa el rival. No importa el contexto.
No importa si el partido define un Mundial o apenas abre una llave. Siempre hay algo.
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La rutina de lo extraordinario. Uno más. El primero de tiro libre en un Mundial desde aquel contra Nigeria, en Brasil 2014. Y entonces ocurre el verdadero milagro. No el de la pelota entrando donde nadie llega. El otro. El que sucede afuera de la cancha. Millones de personas dejan de ser millones para convertirse, durante unos segundos, en un solo latido.
Un país entero respirando al mismo tiempo. Pero el verdadero gol no fue sólo el de Messi. Fue el que nos hizo a todos volver a sentir que éramos un mismo equipo. Si las parejas lo recordaran, si los padres divorciados no lo olvidaran, si los compañeros de clase pudieran verlo, si las instituciones regularan los juegos cuidando de todos.
¿Qué tiene un gol para suspender, aunque sea por unos segundos, todas las diferencias? ¿Qué hace que un pueblo entero respire al mismo tiempo? Jung diría que, de vez en cuando, un símbolo logra despertar algo que estaba dormido en el inconsciente colectivo. Yo prefiero decirlo más simple: durante unos segundos recordamos quiénes podríamos ser cuando dejamos de jugar cada uno para su propio equipo.
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Hay equipos que no solo ganan partidos. Nos recuerdan una forma de estar en la vida. Cuando vemos a la Selección Argentina jugar, ¿qué vemos? Infinidad de cosas. Vemos una organización emocional. Una identidad. Una manera de ocupar el campo. Vemos defensa, medio, ataque, liderazgo, pausa, decisión, entrega y pertenencia.
Y tal vez por eso el fútbol toca algo tan profundo en nosotros. Porque cada partido despierta una memoria colectiva. Algo antiguo, tribal, compartido. La camiseta celeste y blanca nos reúne, nos emociona, nos ordena por un rato. Nos recuerda que también somos parte de algo más grande.
Pero la pregunta no es solo cómo juega Argentina. La pregunta es: ¿cómo estamos jugando nosotros nuestra propia vida?
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Eric Berne hablaba de "guiones de vida": formas inconscientes desde las cuales actuamos, elegimos, repetimos y nos posicionamos. Hay personas que viven como si siempre fueran a perder. Otras juegan a no arriesgar. Algunas se quedan en el banco de suplentes de su propia existencia. Y otras, sin negar el miedo, empiezan a construir un guion diferente: el de quien se entrena, se ordena, se levanta y aprende a jugar en modo campeón.


Un equipo consolidado se parece mucho a una personalidad integrada. La defensa representa nuestros límites. No es violencia. Es agresión saludable: energía que sale hacia afuera para proteger lo valioso. Defenderse no es atacar al mundo; es saber decir "hasta acá". Es cuidar el cuerpo, la emoción, el descanso, el deseo, la dignidad. Una defensa sana no vive en guerra, pero tampoco deja entrar cualquier cosa a su campo.
El mediocampo es nuestra cintura psíquica. Esa zona interna que conecta, distribuye, regula. Es la capacidad de volver al equilibrio, de ajustarnos creativamente al ambiente. Desde el psicoanálisis, podríamos pensarlo como un yo maduro: ese que media entre el deber ser, las pulsiones, las exigencias y la realidad. Un buen mediocampo interno no se rigidiza. Observa, pasa, espera, decide.
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Atacar, en cambio, es animarse a ir hacia el objetivo. "Goal", en inglés, significa gol, pero también meta. Y ahí aparece una imagen poderosa: no basta con defenderse de la vida; también hay que saber hacia dónde queremos avanzar. Atacar es enfocar la energía. Es leer la oportunidad. Es conectar con otros. Es saber cuándo dar el pase y cuándo patear al arco. Y el arquero es esa conciencia profunda que custodia nuestro campo personal. No todo lo que viene de afuera nos pertenece. No toda opinión debe entrar. No toda demanda merece respuesta. No todo conflicto tiene derecho a invadir nuestra paz. El arquero interno nos recuerda que tener un campo propio es saber qué dejamos pasar y qué elegimos detener.
Un campeón no es quien nunca cae. Es quien no negocia su pertenencia interior. Es quien puede perder un partido sin perderse a sí mismo. Es quien transforma presión en presencia, miedo en enfoque, agresión en límite, talento en servicio y deseo en dirección.
Tal vez la vida nos pregunte todos los días desde qué guión estamos jugando. ¿Modo víctima? ¿Modo sobreviviente? ¿Modo espectador? ¿Modo complaciente? ¿Modo hobby? ¿O modo campeón?
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No se trata de ganarles a todos. Se trata de dejar de jugar contra uno mismo y contra los demás. Porque cuando el equipo interior se ordena, algo cambia. La defensa cuida. El medio conecta. El ataque avanza. El arquero protege. El cuerpo acompaña. La mente observa. El corazón recuerda para qué juega. Y entonces la celeste deja de ser solo una camiseta. Se vuelve una forma de respirar.
Una manera de ser, todavía puedo levantarme, todavía puedo entrar a la cancha de mi vida con más alma, más conciencia y más dirección. Porque al final, todos tenemos una vida que aprender a jugar. Si la rutina de lo extraordinario nos deja olor a gol. Transpirá tu camiseta, grita con toda tu alma. Gané, lo logré. La pelota está en tus pies. No estás solo.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop- Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.
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