¿Qué estudiar? La clave está en la meta profesional
Por Mar Dorrio.

Por Mar Dorrio.
(Foto: Aleteia)
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¿Qué estudiar? La clave está en la meta profesional ¿Qué estudiar? La clave está en la meta profesional
En esta época del año son muchos los jóvenes que se enfrentan a una decisión importante: elegir qué estudiar. Algunos optarán por una carrera universitaria; otros se inclinarán por una formación profesional.
Detrás de esa elección hay dudas, expectativas, consejos bienintencionados y, en ocasiones, también cierta presión social. Sin embargo, existe una pregunta sencilla que podría ayudar a aclarar muchas incertidumbres: "¿En qué quieres trabajar? ¿A qué te gustaría dedicar tu vida?".
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Primero la meta, luego el camino
La respuesta parece obvia. Lo lógico es pensar primero en la meta y después elegir el camino que mejor conduzca a ella. Si alguien sueña con ser médico, estudiará Medicina. Si desea dedicarse a la enseñanza, buscará la formación adecuada para convertirse en profesor. Nadie invierte años de esfuerzo en unos estudios sin esperar que le preparen para ejercer una profesión concreta.
Por eso nos sorprende cuando encontramos a una persona que ha dedicado una enorme cantidad de tiempo, sacrificio y recursos a obtener una titulación muy exigente y termina trabajando en algo para lo que aquella preparación no era necesaria.
No se trata de despreciar ningún trabajo, porque toda ocupación honesta tiene dignidad. El problema es otro: la sensación de que existe un potencial desaprovechado, un talento que no está dando todo el fruto que podría dar.
Cuando esto sucede en el ámbito académico o profesional, solemos lamentarlo. Nos parece una pena que alguien haya acumulado conocimientos y capacidades que después quedan arrinconados. Entendemos que una formación está destinada a ponerse en práctica.
La formación en el terreno de la fe
Sin embargo, curiosamente, cuando trasladamos esta misma lógica al terreno de la fe, muchas veces dejamos de verla con claridad. Son muchas las familias que se esfuerzan para que sus hijos reciban la Primera Comunión. También son muchos los jóvenes que dedican tiempo a prepararse para la Confirmación. Hay catequesis, celebraciones, fotografías de recuerdo, trajes especiales y certificados que acreditan que se han recibido esos sacramentos.
Todo eso tiene su valor. Pero la pregunta sigue siendo necesaria: ¿y después qué? Porque la vida cristiana no consiste en acumular diplomas religiosos. La Primera Comunión no es una meta, sino un comienzo. La Confirmación no es una graduación que permita abandonar la práctica religiosa, sino un envío. Son sacramentos que fortalecen al cristiano para vivir su fe, no para archivarla.
Ejercer la profesión de ser cristiano
Sería absurdo estudiar una carrera durante años y no ejercer nunca la profesión para la que uno se preparó. Del mismo modo, resulta triste recibir una sólida formación cristiana y no vivir después como cristiano. Si conozco el Evangelio pero no intento aplicarlo, si sé lo que Cristo me pide pero actúo como si no lo supiera, estoy dejando sin desarrollar una parte esencial de mi vida.
Ejercer de cristiano significa vivir la caridad en lo cotidiano. Significa cuidar la relación con Dios a través de la oración y de los sacramentos. Significa mirar a quienes nos rodean con responsabilidad y amor, entendiendo que nadie es completamente ajeno a nosotros. Significa ser coherentes cuando nadie nos observa y dar testimonio cuando hacerlo resulta incómodo.
Un médico ejerce la medicina. Un abogado ejerce el derecho. Un profesor ejerce la enseñanza. Del mismo modo, un cristiano está llamado a ejercer de cristiano. No solo en la iglesia, no solo en determinadas celebraciones o momentos concretos, sino en cada aspecto de su existencia.
No coleccionar recuerdos, sino transformar el mundo
Cristo no nos llamó a coleccionar recuerdos religiosos, sino a transformar el mundo empezando por nuestro entorno más cercano. Nos formó para una misión. Nos dio herramientas para amar mejor, servir mejor y vivir mejor.
Por eso merece la pena preguntarse si estamos ejerciendo aquello para lo que hemos sido preparados. Porque qué pena sería haber recibido el inmenso regalo de la fe, haber conocido a Cristo y haber recibido los sacramentos, para después dejar todo ese tesoro guardado en un cajón.
Qué desperdicio tan grande conformarse con el título cuando hemos sido llamados a vivir la profesión más apasionante de todas: la de ser cristianos.
Fuente: Aleteia.
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