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Noemí Frenkel: de su iniciático "camino de libertad" al viaje que la conectó con un pasado silenciado

La actriz que brilló en las ficciones de los años 80 y 90, habla de su presente como escritora, de la investigación sobre sus antepasados y de cómo ese proceso modificó su mirada sobre su propia historia

Por Liliana Podestá9 min
Noemí Frenkel: de su iniciático “camino de libertad” al viaje que la conectó con un pasado silenciado
Noemí Frenkel: de su iniciático “camino de libertad” al viaje que la conectó con un pasado silenciado

La actriz que brilló en las ficciones de los años 80 y 90, habla de su presente como escritora, de la investigación sobre sus antepasados y de cómo ese proceso modificó su mirada sobre su propia historia

Se destacó en el ciclo De fulanas y menganas, por el que ganó el Martín Fierro a la Revelación, fue la villana de Amor sagrado e hizo decenas de ficciones. En cine se consagró con Últimas imágenes del naufragio, de Eliseo Subiela, y brilló en muchas obras de teatro. Aunque nunca dejó de actuar, Noemi Frenkel está muy dedicada a la escritura y Bosque migrante, una judía se desarma, de la Editorial Milena Caserola, es su último libro.

LA NACION conversó con la actriz sobre los personajes que le dejaron huella, el libro con detalles autobiográficos que publicó hace unos meses y que la llevaron a reflexionar sobre el pueblo judío y su gran viaje transformador en busca de sus raíces.

-Algunos creen fue fuiste una actriz fetiche para Eliseo Subiela. ¿Qué pensás?

-No lo sé. Hice el doblaje del personaje que era La Santa en Hombre mirando al sudeste y viéndonos a Lorenzo Quinteros y a mí, al director se le ocurrió hacer una historia de una pareja de, aparentemente, dos fracasados. Y fue Últimas imágenes en naufragio. Fue una hermosa experiencia trabajar con él. Y creo que en los últimos años están revalorizando su trabajo. En un momento, su cine quedó un poco fuera de tendencia y hubo una cierta injusticia de desvalorizar lo que había traído… A lo mejor eran los movimientos de renovación artística que tienen que venir a descabezar lo anterior.

-A partir de ese momento tenés una larga carrera como actriz, y también como productora, directora, escritora…

-Sí, en los últimos años me volqué muchísimo a la literatura, algo que siempre amé. En un momento se produjo un giro, mientras estaba escribiendo un monólogo para hacer en teatro. Ya había concebido otros espectáculos, pero esa vez fue de cero. La obra se llamó Casandra Iluminada, y ahí me encontré con una dimensión de goce total porque la escribí, la protagonicé, la gestioné y codirigí. Al poco tiempo se abrió la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes y me anoté. A partir de ahí fue todo un gran entrenamiento, una inmersión, un aprendizaje en la nutrición de todo eso que tenía desde siempre. De chica, mi primera fantasía fue ser escritora y estudié periodismo y Letras, aunque no las terminé porque me volqué al teatro y encontré en la actuación un espacio maravilloso.

-Hasta que el teatro volvió a llevarte a la escritura...

-Casandra iluminada también se publicó en el CELCIT (Centro de Estudios Latinoamericanos de Teatro) y por eso se lee en toda Latinoamérica y muchas veces me han pedido la obra para hacer en otros sitios, y hay ponencias académicas porque trabajé con un personaje de la tragedia griega. Después publiqué un poemario que se llama Trazos de la serpiente y una novela de ficción que se llama Cuervo. Hace pocos meses salió mi último libro, Bosque Migrante, una judía se desarma, por editorial Milena Cacerola, y no es una novela de ficción.

-¿Es una autobiografía?

-Tiene referencias a mi vida y una crónica de un viaje que hice a Polonia en 2022, buscando mis raíces. Todos mis abuelos y mis tíos vinieron de Polonia antes de la Primera Guerra Mundial así que se salvaron, y mis padres nacieron acá porque eran los hermanos más chicos de sus familias. Nunca se hablaba de los que habían quedado. Por ejemplo, yo no sabía que mi abuelo paterno tenía hermanos que habían quedado en Polonia. En mi familia todo eso era un tabú, de eso no se hablaba. Investigando me encontré con mucha información. Fue casi una tarea detectivesca, e hice el viaje para sentir en mi cuerpo qué era Polonia y cómo me vinculaba con mi pasado. Fue muy emocionante. Entendí que habían quedado familiares ahí, y aunque yo no supiera quiénes eran, los habían asesinado. Fue un viaje transformador que también movilizó cosas de memoria y de identidad, porque si bien fui criada en una familia judía tradicional, siempre tuve una rebeldía al mandato familiar y no había abrazado la cosa de la colectividad judía. Entonces, siempre había sido un tema de conflicto familiar.

-¿Y a partir de ahí qué cambió?

-Cambió que comprendí mucho más el trauma familiar. Y sentí mucho amor, mucho reconocimiento, mucha compasión, mucha comprensión de qué era eso que ellos traían, y toda su rigidez. Por más que supiera sobre el Holocausto, lo sentí en mi propia sangre. Cuando volví seguí escribiendo este proyecto de novela. Después sucedió lo del 7 de octubre de 2023 (el atentado de Hamas a Israel) y me generó también una gran conmoción por mi educación en cuanto a cierta fidelidad a la idea del Estado de Israel y lo que representaba para la comunidad judía. Empecé a investigar, no solamente mi pueblo sino también el pueblo palestino.

-¿Y hoy cuál es tu mirada?

-Entendí que el proyecto sionista implicó un proyecto de limpieza étnica del pueblo que vivía ahí como originario, pero son los palestinos quienes fueron desplazados de sus hogares. Expulsados, y muchos masacrados. Yo no era consciente de todo eso y tomé contacto con la gran injusticia y la lógica enemistad. Es algo a lo que me opongo firmemente y que me interpela como judía porque dicen que lo están haciendo en mi nombre, para defenderme. Y yo digo que en mi nombre eso no lo hago.

-¿Cómo tomaste la decisión de ser actriz?

-Estudié periodismo durante dos años en el Instituto Grafotécnico y en un momento decidí pasarme a Letras. Paralelamente estudiaba teatro, y a través de la actuación sentí un camino de libertad que no tenía en otro lado; fue una liberación.

-¿Es verdad que Alfredo Alcón tuvo algo que ver?

-Ya estudiaba en el Conservatorio cuando hice Strogonoff, en El Vitral. Iba poca gente, pero un día fue Alcón porque se corrió la bolilla de que la obra era muy buena y había una pendeja que llamaba mucho la atención. Era yo (risas). Rodolfo Morttola estaba preparando una película, El dueño del sol, y Alfredo le dijo que me fuera a ver y después me convocó. Con Alfredo tuve un vínculo hermoso.

-Ahora estás protagonizando Matria, ¿de qué se trata?

-Terminamos hace unos días y volvemos en agosto a El excéntrico de la 18º. Es una obra hermosa que hacemos con María Espinosa, Elvira Onetto e Isabel Quinteros, y explora la experiencia de cuatro mujeres argentinas, cuyas vidas quedaron marcadas por un mismo hecho común: sus hijos fueron enviados a la guerra de Malvinas. Ellas no se conocen, pero están unidas por la espera, el desgarro y la fuerza silenciosa con la que atravesaron aquel otoño de 1982. Evidentemente, me sigue atravesando la cuestión de las guerras. Estoy en contra de la idea de la guerra que enfrenta a un pueblo con otro porque, en realidad, los que se benefician son los fabricantes de armas, los fabricantes de drones, los fabricantes de inteligencia artificial y las autarquías que dominan el mundo y que infunden odios y miedo.

-¿Siempre pudiste ganarte la vida con el arte?

-En general sí, aunque también trabajé unos años en la empresa familiar que era una distribuidora de planchas acrílicas. La fundó mi papá y se vendió cuando murió. El trabajo del actor es muy irregular y tengo una hija que ya es grande, pero en ese momento tenía que mantenerla. También he dado clases de teatro muchas veces, y me encanta. Ahora estoy dando clases de artes escénicas en la Universidad de La Matanza. Y descubrí la escritura… Tengo una zona muy intelectual.

-Y contrasta con algunos de tus trabajos. Fuiste parte de Jugate conmigo, por ejemplo...

-Fue en un momento de un giro en mi vida. Ya tenía una hija y me había ido a vivir al campo, en las afueras de Moreno. Me llamaron para trabajar con Cris Morena para una ficción que había dentro de ese programa, Life College. Había hecho solamente unitarios y teatro oficial, todo muy prestigioso, y mi representante me dijo: "Vas a decir que no, ¿no?". ¿Por qué no? Me pagaban, y en el contexto en que vivía, veía a mis vecinos levantarse tempranísimo, tomar un colectivo y el tren para ir a trabajar. ¿Cómo iba a escupir al cielo yo? Y acepté y lo disfruté.

-Echaste por tierra todos los prejuicios y aceptaste…

-Sí. En ese momento había una marcada diferencia entre quienes hacían teatro oficial y televisión. Y si yo iba a un casting había productores que no me conocían a pesar de que había ganado premios internacionales. Lo que nunca acepté es meterme en un proyecto que yo sintiera que bastardeaba los criterios profesionales. Pero soy una trabajadora.

-Hiciste muchísimas ficciones, ¿hay alguna que hayas disfrutado más por alguna razón?

-De fulanas y menganas, con Olga Zubarry y Martha Bianchi, fue una escuela para mí. Fueron tres años a puro aprendizaje y gané un Martín Fierro. Eran personajes y libros maravillosos. El primer unitario con temática sobre las mujeres. Fue un ciclo precursor, a finales de los '80. Y recuerdo también un personaje que gocé mucho en la novela Amor sagrado, con Grecia Colmenares. Era una coproducción con Italia, una historia de época en la que fui una villana, contrafigura de la protagonista. Eran escenas increíbles, con libros de Ana María Montes y María José Campoamor, y después me enteré que había colaboración de forma anónima de Ricardo Monti. Yo tenía unos monólogos hermosos y todavía recibo mensajes de Italia, porque cada tanto la siguen dando.

-¿Algún otro?

-Otro personaje de telenovela increíble fue el que hice en Herederos de una venganza. Yo hacía un personaje que era una alemana asesina serial, mano derecha del personaje de Rodolfo Ranni. Era formidable jugar con eso. Tuve muchas satisfacciones en todos estos años, y con la televisión conocí la popularidad. Otra experiencia muy plena fue cuando produje Los padres terribles de Jean Cocteau y fui productora de teatro comercial además de hacer un personaje. Fue un golazo en el que puse en juego muchas cosas y corríamos un riesgo artístico. Me gusta que el teatro le mueva el piso a la gente y que no salga igual que como entró.

-Sos perfil muy bajo, ¿tenés familia?

-Mi hija Luz, que ya tiene 34 años y es música, cantante, pianista, compositora, docente. Me siento muy orgullosa. Su papá es músico, pero nos separamos hace muchos años, cuando ella era chica. Nunca fui mediática, pero aproveché la popularidad y participé en Actrices Argentinas. Por ser conocidas pudimos contribuir a las campañas por el aborto legal, por ejemplo. Comprometerme con el activismo feminista desde el lugar de actriz también fue muy interesante y ahí sí puse la cara.

Agradecimientos: @nadinapasteleria

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