Mientras Argentina busca otra Copa del Mundo, hay un rincón de Tucumán donde los goles ya no se gritan
Los Jereces y Sol de Mayo sobreviven entre caminos destruidos, escuelas abandonadas y casas que el agua fue dejando vacías. Allí, la pasión por la Selección resiste como puede: algunos escuchan los partidos por radio, otros esperan que no se corte la luz y el único habitante de S…

Resumen para apurados
Mientras millones de argentinos esperan los partidos del Mundial frente a un televisor, reunidos en un bar o siguiendo las estadísticas desde un celular, en el extremo sur de Tucumán todavía existen lugares donde la Copa del Mundo llega de otra manera. A veces por una radio a pilas. A veces por una señal abierta de televisión. Y, en algunos casos, solamente por el relato de quien aparece después de atravesar kilómetros de monte.
El recorrido hacia Sol de Mayo obliga a salir por la Ruta Nacional 38 y luego tomar la 157 hasta llegar a La Madrid. Allí todavía quedan banderas argentinas colgadas en las galerías y camisetas celestes y blancas sujetas sobre los alambres. El Mundial está presente. Las inundaciones también. En muchas casas todavía permanecen las marcas de humedad que dejó el agua durante el último verano. Las paredes parecen dividir dos tiempos: el de la creciente y el de la vida que intenta seguir adelante.
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La idea parece sencilla. Llegar hasta Sol de Mayo. Google Maps asegura que existe un camino. La realidad obliga a preguntar. Las primeras respuestas llegan con dudas. Muchos habitantes de La Madrid ni siquiera saben dónde queda el paraje. Son los vecinos más grandes quienes todavía recuerdan aquellos caminos. "Vayan por el camino del cementerio", "No sabemos cómo habrá quedado", "Capaz entren por La Esperanza", son algunas de las respuestas. Las indicaciones cambian según quien las cuenta. Hay un punto en común. Todos hablan de las inundaciones antes que del camino. Finalmente, la decisión es ingresar por el único acceso disponible: Barrancas.
El asfalto desaparece. Empieza el ripio. Las primeras viviendas todavía conservan banderas argentinas. También aparece la Escuela Secundaria N° 90, uno de los pocos lugares donde todavía hay movimiento permanente. Después, el paisaje cambia por completo. Los árboles empiezan a cerrar el horizonte. Los alambrados aparecen vencidos. Muchos fueron arrancados por las crecientes. El suelo se vuelve blanco. El salitre cubre buena parte del camino. Cada metro parece confirmar que el agua no solo modificó los ríos. También modificó la geografía.
El camino termina de golpe. Frente a una vivienda vacía. Ese es el último lugar al que puede llegar un vehículo común. Desde allí, los pobladores continúan caminando o en moto. No existen carteles que anuncien la llegada a Los Jereces. Lo primero que rompe el paisaje es una pequeña gruta del Gauchito Gil. Dentro hay una imagen del santo popular. Una lata. Y un vaso con el escudo de Racing. El detalle parece insignificante. Minutos después deja de serlo.
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Porque unos metros más adelante aparece un hombre con una camiseta celeste y blanca acomodando una moto mientras varias cabras caminan alrededor. Desde lejos parece una camiseta de la Selección. Al acercarse, el escudo aclara todo. Es de Racing. Se llama Tito Mario Nieva. Tiene 65 años. Y sin saberlo acaba de abrir la puerta de una historia mucho más grande que un Mundial.
Detrás de Tito aparece una casa semidestruida. Ya no tiene techo. Las paredes, castigadas por el agua y el tiempo, permanecen de pie como un recuerdo de quienes alguna vez vivieron allí. Era la casa donde él nació. Donde pasó su infancia. Hoy vive en el rancho que construyó a la par. Dentro no sobra nada. Tampoco falta lo indispensable. Un pequeño catre cubierto por acolchados. Una olla sobre el fuego. Una radio. Algunas botellas de agua. Una taza y un vaso colgados de unos ganchos. Detrás, un corral. Allí esperan alrededor de 50 cabras. Son su trabajo. Su sustento. Y la razón por la que nunca abandonó definitivamente Los Jereces.
Cuando formó una familia levantó otra casa en La Esperanza, a unos 10 kilómetros. Allí vive su esposa. Pero él pasa la mayor parte de la semana cuidando los animales. "He nacido y me he criado aquí", resume. La frase explica casi todo. También explica por qué la última inundación le duele tanto. La corriente destruyó su horno de barro. Pero la pérdida más grande fueron 20 cabras que nunca recuperó. "La última fue peor que la del 2017 y también peor que la del 92", compara.
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Mientras habla mira el monte. "Todo era agua", dice y extiende el brazo para señalar la zona. Aun así no piensa irse. Cuando era chico tampoco había electricidad. Los partidos llegaban únicamente por radio. La luz apareció recién hacia fines de la década de 1990. Hoy los postes siguen allí. Los cortes también.
Por eso el lunes, mientras Argentina derrotaba a Austria con dos goles de Messi, Tito volvió a hacer lo mismo que hacía hace cincuenta años. "Lo escuché aquí por la radio", dice. Los goles también los gritó allí. Entre las cabras. Entre el monte. Con una radio a pilas.
Muy cerca de su rancho aparece otra historia. Hay que caminar unos 800 metros. El sendero atraviesa salitre, árboles secos y barro endurecido. No aparecen más casas. Hasta que surge otra. En una soga cuelga una camiseta de la Selección. Bajo un rancho, hay un hombre con una gorra de Boca. Se llama José Antonio Lazarte. Tiene 77 años. Y convive con un dato que cuesta creer. En Los Jereces solamente viven siete personas. Cinco pertenecen a su familia.
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En el patio hay varias construcciones. Una vivienda principal. Otra levantada para uno de sus hijos. Pequeñas jaulas donde cría gallos. En una soga, mezclada con la ropa recién lavada, cuelga una camiseta de la Selección. No parece un detalle preparado. Simplemente forma parte de la vida cotidiana. El Mundial también llega hasta allí. Aunque de manera limitada.
José Antonio no puede mirar todos los partidos. No porque no quiera. Para seguir toda la Copa del Mundo hay que pagar señales que no siempre están al alcance. Por eso espera los encuentros de Argentina. Prende el televisor. Busca TV Pública. Y espera que la electricidad no vuelva a cortarse. "Solamente veo los partidos de Argentina", dice.
Cuando habla de Lionel Messi se le dibuja una sonrisa. "Es el mejor goleador que tenemos", dice.
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Después vuelve la mirada hacia el resto del paraje. "Antes había muchísima gente", cuenta. La frase se repite durante toda la jornada. Todos los habitantes la pronuncian casi de la misma manera. Como si se hubieran puesto de acuerdo. Pero no hace falta. Todos vivieron el mismo proceso. Las inundaciones comenzaron a cambiar lentamente la vida de la zona.
La gran creciente de 2017 aceleró el éxodo. La última terminó de convencer a muchas familias que todavía resistían. José Antonio eligió quedarse. No porque desconozca el riesgo. Sino porque no tiene otra alternativa. "¿Quién me va a dar un terreno o una casa?", repite. La pregunta queda flotando. No espera respuesta. Su jubilación apenas alcanza para vivir. Los animales ayudan. Y la tierra donde levantó toda su vida sigue siendo lo único verdaderamente suyo.
Cuando era chico tampoco había electricidad. Las noches se iluminaban con mecheros y fogones. Iba caminando todos los días hasta la Escuela N° 151 de Sol de Mayo. Todavía recuerda aquel establecimiento lleno de alumnos. Sin imaginar que décadas después terminaría abandonado.
A lo lejos en el camino, se ve otro hombre. Camina despacio. Lleva gorra. Saluda a Tito a la distancia y se para en la tranquera de la casa de Nieva. Después mira hacia el sendero. "Si quieren, yo los acompaño hasta la escuela", dice. Se llama Francisco Jerez. Y, sin saberlo, acaba de convertirse en uno de los guías.
Francisco nació en Sol de Mayo en 1954. Vivió allí hasta 1980. Las inundaciones comenzaron a transformar el paisaje. El agua avanzaba cada vez más. Finalmente decidió mudarse a Barrancas. Pero nunca dejó de volver. "Me da mucha satisfacción volver a mi pago", dice. La frase sale casi sin pensar. Habla mientras camina. No necesita preguntar por dónde seguir. Conoce cada curva. Cada sendero.
Durante años hizo ese recorrido para llegar a la escuela. Allí aprendió a leer y escribir. El camino vuelve a internarse en el monte. Los árboles secos permanecen caídos como si la inundación hubiera ocurrido la semana pasada. Los mugidos del ganado se mezclan con el canto de los pájaros. No se escucha nada más. De pronto aparece un canal. Dos enormes tubos de cemento recuerdan que allí alguna vez existió un pseudopuente. Hoy solo queda el agua. Poca, pero todavía hay un cauce.
Francisco continúa caminando. Y empieza a contar otra historia. Mucho antes de que Sol de Mayo comenzara a desaparecer hubo otro pueblo que corrió la misma suerte: San Antonio de Quisca. En 1968 quedó bajo el agua como consecuencia de la construcción del embalse de Río Hondo y del dique El Frontal. Hoy está bajo el agua. Según cuenta, ese poblado contaba con una iglesia, una comisaria y era uno de los sitios más poblados del sur tucumano.
Mientras el camino avanza, se puede observar que el camino bordea al río Marapa. La vegetación está seca y los pobladores de la zona cuentan que el sitio, por lo general, es utilizado por pescadores.
La N° 151 cerró definitivamente al comenzar el ciclo lectivo 2024. No quedaron alumnos. No quedaron maestros. No quedaron familias. Solo permaneció el edificio. Y ni siquiera eso en buenas condiciones. Antes de llegar hasta él todavía falta atravesar otro símbolo del lugar. El viejo puente colgante. Fue construido a principios de la década de 1980 para unir Los Jereces con Sol de Mayo. Durante mucho tiempo permitió que los chicos llegaran a clases.
Francisco recuerda perfectamente cómo era. Tenía tablones de madera. Una larga escalinata. Y una estructura sólida. Hoy quedan chapas con algunos huecos apoyadas sobre el piso. Los tablones desaparecieron durante una creciente. Las chapas llegaron desde viejos vagones ferroviarios. Cada paso hace que todo se mueva. Los pobladores aseguran que todavía hay personas que lo cruzan motos y caballos. Eso también acelera su deterioro. Del otro lado espera una imagen difícil de olvidar.
La vegetación comienza a cerrarse apenas termina el puente. El sendero se vuelve angosto. Las ramas caídas obligan a esquivarlas. Los árboles secos aparecen acostados sobre el suelo, como si una fuerza invisible los hubiera derribado uno tras otro. El barro se vuelve pegajoso. A los costados crecen yuyos tan altos que, por momentos, hacen desaparecer cualquier referencia del camino. Francisco no duda. Sigue avanzando.
Conoce ese recorrido desde hace más de siete décadas. A unos metros aparece, finalmente, la Escuela N° 151. O, mejor dicho, lo que queda de ella. El edificio permanece de pie, pero ya no se parece a una escuela. No tiene techo. Las aulas quedaron abiertas al cielo. Los pupitres están rotos y dispersos entre los escombros. Algunas puertas todavía conservan nombres escritos con liquid paper, una de las pocas huellas que dejaron quienes alguna vez ocuparon esos bancos.
La pintura apenas sobrevive. El agua borró buena parte de los colores. El alambrado quedó oculto bajo la vegetación. Los juegos desaparecieron. En uno de los sectores de la escuela hay una cabra muerta. Y, sin embargo, algo continúa funcionando: el agua. Todavía se escucha correr por las viejas mangueras que alimentaban la escuela.
Ese sonido rompe un silencio absoluto. Francisco se detiene unos segundos. No dice nada. Solo mira. Allí aprendió a leer. Allí también estudiaron varias generaciones de familias que hoy ya no viven en Sol de Mayo. El edificio cerró definitivamente sus puertas al comenzar el ciclo lectivo 2024. No porque hubiera dejado de ser necesario. Sino porque ya casi no quedaban chicos. Las familias se habían ido. Las inundaciones terminaron haciendo lo que el paso del tiempo no había conseguido. Vaciar el pueblo. Todavía falta llegar al último destino. Pero antes hay que atravesar otro obstáculo.
A pocos metros de la escuela hay una especie de arroyo. La inundación de 2017 abrió un nuevo cauce. Donde antes había tierra firme y funcionaba como un camino hoy corre un arroyo. No existe puente. No hay pasarela. Solo un tronco une ambas orillas. Los pobladores aprendieron a convivir con esa nueva geografía. Cruzan ayudándose con un palo para mantener el equilibrio. Es la única forma de llegar hasta Sol de Mayo. Del otro lado el paisaje cambia otra vez.
El monte comienza a abrirse. Aparece un inmenso campo cubierto de césped. Los árboles secos vuelven a dominar el horizonte. Enormes charcos de agua permanecen estancados desde la última creciente. Las cabras pastan desperdigadas a la distancia. No se escuchan motores. No hay otras viviendas. No hay personas. Solo una casa que rompe la inmensidad. Es el único sitio habitado. Muy cerca permanece otra construcción. En el rancho cuelgan varios cabritos faenados. Un poco más atrás todavía resiste la casa donde vivía la madre de Lino Navarro. La estructura está a punto de desplomarse. Otras viviendas ya corrieron peor suerte. De algunas solamente quedan paredes. El agua terminó de llevarse todo lo demás.
Lino Navarro espera bajo el rancho. Hace más de 50 años vive en Sol de Mayo. Hoy es el único habitante permanente del paraje. No parece darle demasiada importancia a ese dato. Habla de otra cosa. De los animales. Del agua. De los caminos. Y del televisor que ya no está. La última inundación se lo llevó y desde entonces no volvió a comprar otro. Algunas veces llega la electricidad. Otras no. Pero ese ya no es el principal problema. Simplemente no tiene dónde mirar los partidos. "Antes sí lo veía", dice.
Ahora el Mundial llega de otra manera. Cada visitante trae un resultado. Un gol. Una noticia. "¿Cómo salió Argentina?", pregunta cada vez que alguien cruza hasta su casa. También consulta cuando él sale de Sol de Mayo para dirigirse a otros parajes. Mientras el resto del país vive pendiente de las estadísticas en tiempo real, él reconstruye los partidos a través de los relatos de otras personas.
La última creciente no solo le quitó el televisor. Lo obligó a abandonar la vivienda durante cuatro meses. "No le puedo decir la desgracia más grande. Cuatro meses sin poder vivir en la casa. No un día... cuatro meses", repite. Sin embargo, nunca se fue definitivamente. Los animales seguían allí.
Criar cabritos es su única forma de subsistencia. También la razón por la que eligió quedarse cuando casi todos los demás decidieron marcharse. Cuando se le pregunta qué hace falta para cambiar la realidad de Sol de Mayo no habla primero de la luz. Tampoco del televisor. Habla del río. "Lo que habría que hacer es cavar un brazo del río y arreglar el camino", dice.
Está convencido de que, sin obras, el agua terminará ganando otra vez. Mientras habla mira hacia el horizonte. Allí donde antes hubo casas. Allí donde antes hubo vecinos. Allí donde antes hubo un pueblo.
El regreso obliga a desandar exactamente el mismo camino. Primero el tronco. Después la escuela. Más tarde el puente colgante. El monte. Los Jereces. El ripio. Barrancas. Y finalmente La Madrid. Sin embargo, el paisaje ya no parece el mismo. Después de escuchar a Tito Mario Nieva, José Antonio Lazarte, Francisco Jerez y Lino Navarro, cada árbol seco, cada alambrado caído y cada mancha de humedad adquieren otro significado. Los cuatro hablan del Mundial. Pero ninguno lo hace de la misma manera.
Tito todavía escucha los partidos por una radio a pilas. Lo hace porque así aprendió de chico, cuando en Los Jereces todavía no existía la electricidad. El gol de Messi frente a Austria lo gritó solo, entre las cabras, exactamente igual que hacía medio siglo.
José Antonio espera los partidos de Argentina frente al televisor. No puede seguir toda la Copa porque muchas transmisiones son pagas, pero cada vez que juega la Selección la familia se reúne en una casa donde viven cinco de las siete personas que todavía quedan en el paraje.
Francisco encontró el Mundial recién de grande. En 1978 trabajaba en el Ingenio Marapa y apenas podía enterarse de los resultados. En 1986 volvió a priorizar el trabajo para ayudar a su madre y a sus hermanos. Recién en Qatar 2022 sintió que podía disfrutar una Copa del Mundo con la tranquilidad que nunca había tenido.
Y Lino ya no puede verla. La última inundación se llevó el televisor. Ahora espera que alguien aparezca para preguntarle cómo salió Argentina.
Las cuatro historias parecen distintas. Pero en realidad cuentan exactamente lo mismo. Hablan del agua. Hablan del tiempo. Hablan de pueblos que comenzaron a desaparecer mucho antes de que el resto de la provincia advirtiera lo que estaba ocurriendo. Las inundaciones del río Marapa modificaron los caminos. El crecimiento del embalse de Río Hondo y la presencia del dique El Frontal alteraron la geografía de toda la región.
Los pobladores también mencionan otra combinación que agrava cada creciente: cuando el dique Escaba abre sus compuertas y el embalse de Río Hondo restringe la salida del agua, el caudal termina buscando nuevos caminos y ocupa lugares donde antes nunca llegaba. Las consecuencias todavía pueden recorrerse a pie. San Antonio de Quisca desapareció bajo el agua en 1968. Su escuela fue trasladada en carros y sulkys hasta Sol de Mayo gracias a la iniciativa de vecinos que se negaban a que los chicos perdieran la posibilidad de estudiar.
Décadas después, la Escuela N° 151 también terminó cerrando. El inicio del ciclo lectivo 2024 marcó el final de una institución que durante generaciones reunió a los chicos de toda la zona. Las paredes apenas conservan restos de pintura. El agua sigue corriendo por las viejas mangueras, como si se negara a abandonar el lugar.
En Los Jereces apenas sobreviven siete habitantes. En Sol de Mayo queda uno solo. El resto eligió marcharse. Algunos buscaron otro terreno más alejado. Otros empezaron de nuevo en Barrancas, La Esperanza o La Madrid. Quienes permanecieron aprendieron a convivir con una rutina que parece imposible. Esperar que no llueva demasiado. Revisar si el río volvió a crecer. Calcular por dónde todavía se puede salir. Cruzar puentes que se balancean. Caminar sobre troncos para atravesar arroyos que hace algunos años ni siquiera existían. Y seguir adelante.
Hay una imagen que resume toda la jornada. No es el puente colgante. Tampoco la escuela destruida. Ni el tronco tendido sobre el agua. Es una pregunta. La hace Lino apenas llega alguien hasta su rancho: "¿Cómo salió Argentina?"
En cualquier otro rincón del país esa respuesta aparece de inmediato en un celular, en una televisión, en una radio o en una pantalla gigante instalada en una plaza. En Sol de Mayo necesita recorrer kilómetros de barro, monte y caminos rotos antes de convertirse en noticia. Quizás allí esté la verdadera dimensión del aislamiento.
Mientras la Copa del Mundo une a millones de personas alrededor de una misma pasión, todavía existen lugares donde los goles no se festejan en el momento en que ocurren. Llegan horas después. Contados por otros. Como si también tuvieran que encontrar un camino entre las crecientes para alcanzar el último rancho habitado de un pueblo que el agua fue borrando lentamente del mapa. Porque en Sol de Mayo ya no se gritan los goles de la Selección. Primero hay que lograr que lleguen.
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