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Las hermanas que recuperaron la casa de veraneo de la infancia y abrieron las puertas al turismo

En el suroeste del Valle de Calamuchita, las hermanas Gowland reeditan los veranos de la infancia en cada propuesta para recorrer el campo, con gastronomía deliciosa y una casa a puro disfrute

Por Gabriela Pomponio7 min
Las hermanas que recuperaron la casa de veraneo de la infancia y abrieron las puertas al turismo
Las hermanas que recuperaron la casa de veraneo de la infancia y abrieron las puertas al turismo

El campo está en un sitio escondido de Córdoba, difícil de ubicar en el mapa y poco visitado por el turismo.

Hacia el este, la región está resguardada por el río El Durazno, una suerte de muralla natural que lo mantiene alejado de la mirada del mundo.

Lo mismo ocurre con las sierras del oeste.

Ubicada a 5 km de Lutti y a tres horas de la capital cordobesa, las 500 hectáreas de la estancia Carahuasi se extienden por el suroeste del Valle de Calamuchita, en el límite con Traslasierra.

El sitio nació de un sueño, el de Julie y Eduardo Gowland: tener un lugar propio para compartir en familia y con amigos.

Hoy, sus hijas Elisa y Magdalena, abren las puertas de la casa a aquellos viajeros que buscan un espacio de relax y aventura.

La búsqueda “Desde chicas veraneamos en Ascochinga, Córdoba”, cuenta Elisa.

“Era un campo que fue de mi tío y sus socios.

La estancia había pertenecido a Dulce Liberal Martínez de Hoz.

Fue pensado a todo lujo, pero invitaba a un contacto muy cercano con la naturaleza.

Así, empezaron a buscar y, en 2001, encontraron esta tierra.

Carahuasi fue la primera estancia que visitaron y aunque les gustó mucho, decidieron recorrer otras propiedades.

Intentaron, pero, cosa de creer o reventar, no pudieron ingresar a ninguna: la camioneta se les rompía, no había caballos o simplemente el camino estaba inaccesible cuando ellos llegaban.

“Es un signo”, pensó Julie, quien, según sus hijas, suele estar muy atenta a esos avisos del universo.

Julie y Eduardo volvieron a esa primera estancia y decidieron que era la propiedad que buscaban.

Una casa para compartir El campo tenía un puestero, don Gómez.

Su casa era muy precaria, no tenía baño y la familia se duchaba al aire libre.

Eduardo decidió que primero tenía que acondicionar esa vivienda.

“Vivimos un tiempo largo en carpa mientras terminaban esa obra para luego comenzar nuestra casa”, cuenta Magda.

La construcción fue una tarea titánica, los camiones avanzaban por una huella estrecha de tierra con los materiales necesarios para trabajar.

“Mis papás se compraron una camioneta y cada fin de semana llegaban cargados de cosas para la casa desde Buenos Aires”.

El casco se abre hacia las sierras, los grandes ventanales permiten que la mirada se fugue hacia la inmensidad cordobesa.

Está revestida en piedra laja traída de una cantera vecina.

La piedra no reviste la pared al modo habitual, sino que forma una suerte de pirca a imagen y semejanza de las que se ven en los campos de la zona.

Esta modalidad otorga a los muros un espesor interesante y funciona como aislante térmico.

Por dentro, la ambientación de cada espacio es obra de Julie.

Objetos que trajeron de sus largos viajes y otros que fueron sumando los amigos que durante años llegaron a compartir este lugar.

Los interiores tienen un tono rústico, pero muy, muy cuidado donde no faltan los detalles de color que aportan ponchos y otros valiosos textiles que aparecen colgados en las paredes, sobre los sillones y a modo de alfombras.

El living junto a la barra y el comedor está presidido por una gran estufa a leña que se enciende religiosamente cuando empieza el frío y congrega a los visitantes junto a una copa de vino.

La casa principal tiene un gran cuarto con living propio y biblioteca.

En otra ala, construyeron cuatros suites más, que se unen de a dos a modo de departamentos y fueron pensadas para estadías familiares.

Por el lado opuesto a las sierras, la casa se abre en una galería coronada de jazmines que da a un jardín verdísimo, un milagro en la zona.

Los macizos de flores aparecen aquí y allí.

“Todo es obra de nuestros padres, ellos pasaron largas jornadas armando los canteros, regando y luchando contra los yuyos”, cuentan las chicas.

En el centro, una torre de piedra esconde un tanque de agua, más allá las rustifinas (Rhus typhina) dan un toque de color con su follaje anaranjado al final del otoño.

Magda y Elisa son las encargadas de recibir y aunque viven lejos, una en La Pampa y otra en Buenos Aires, viajan cada vez que llegan huéspedes porque su presencia es parte de la estadía de Carahuasi Nature Retreat & Lodge.

La idea aquí es replicar las experiencias que ambas vivieron en su infancia en cada una de las propuestas: cabalgatas y trekkings que finalizan a la hora del almuerzo o del té en sitios aislados, de gran belleza paisajística, y sobre todo sin ningún alma en kilómetros a la redonda.

Lugares donde ellas montan increíbles almuerzos o una hora del té soñada con exquisiteces dulces para reponer energías.

Al campo original se sumaron en el tiempo dos fracciones más adquiridas por familiares y amigos que se enamoran de la región.

Uno de esos campos llega hasta Pueblo Escondido, un antiguo emprendimiento minero en las sierras de Los Comechingones que se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XX, en los alrededores del cerro Áspero.

“El acceso −cuenta Elisa− es por nuestro campo, de hecho, parte de las instalaciones (el pueblo minero) está en nuestro territorio”.

La mina (el socavón) y otras instalaciones quedaron del otro lado del río, fuera de la propiedad.

Precisamente, una de las cabalgatas, propone llegar a la antigua mina, donde se extrajo tungsteno hasta 1969.

Aventuras en la niebla El tiempo durante nuestra estadía fue bastante áspero.

A las pocas horas de llegar se desató un temporal que sumergió al campo en una llovizna finita y persistente y una niebla espesa que nos hizo acordar a la campiña de los Highlands (Tierras Altas de Escocia).

Este clima inesperado, sin embargo, le otorgó a la estadía un encanto especial.

Así y todo, nos embarcamos en dos cabalgatas.

Una mañana llegamos hasta Paso Malo por un camino de quebradas pronunciadas que avanza por pastizales rubios y afloraciones rocosas.

Justo antes de llegar el sendero trascurre por un bosque de pinos que se fueron muriendo: los troncos caídos dibujan un paisaje sugestivo a nuestro paso.

Al final llegamos a un lago que nació de un dique casero.

Lo hizo un poblador interesado en las truchas pequeñas que crecían en ese curso de agua.

Allí, los Gowland construyeron un lindísimo quincho donde se organiza el almuerzo.

Hoy hace demasiado frío, está destemplando, así que optamos por unos mates y volvemos a la casa para almorzar.

La propuesta gastronómica fue diseñada por Eduardo que es escribano, pero cocina desde siempre.

Magda y Elisa siguen a pie juntillas sus indicaciones y nos sorprenden con un riquísimo shepherd’s pie (pastel de cordero), elaborado con carne de cordero black face propio, una especie de origen inglés que crían en el campo.

La ensalada combina zanahoria, naranja, palmitos y choclos con un dressing de mostaza, aceite de oliva y vinagre.

El delicioso timbal de cuscús había llegado como antesala del plato principal.

A la hora del postre los higos vendome, higos en almíbar con crema de sabayón helada, son el mejor final para el almuerzo.

Descansamos junto al hogar mientras los troncos crepitan y las llamas largan pequeñas chispas.

Un café caliente nos deja listos para un segundo paseo.

Esta vez recorrernos las inmediaciones del casco.

Solo cabalgamos unos minutos cubiertos con unas capas especialmente diseñadas para la lluvia hasta un rincón donde se conservan las ruinas de piedras de un puesto antiquísimo.

Las recorremos en silencio imaginando historias lejanas, mientras unas gotitas irrespetuosas de lluvia caen sobre nuestras cabezas.

A lo lejos, en la cima de las Sierras Grandes, asoma un delgadísimo rayo de luz que anuncia un cambio de tiempo.

Carahuasi Nature Retreat & Lodge +(11) 2159-6519 IG: @carahuasi.lodge A 5 km de Lutti.

u$s 500 por persona por noche con pensión completa y excursiones diarias.

Mínimo tres noches (grupos mayores a dos personas pueden ser dos noches).

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