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La ruta más increíble de Argentina: 270 curvas y un bosque prehistórico congelado en el tiempo

Una ruta que asciende por la cordillera invita a conectar con el lado más aventurero para averigüar las maravillas de la Reserva Natural Villavicencio.

Por Luisina Acosta3 min
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La ruta más increíble de Argentina: 270 curvas y un bosque prehistórico congelado en el tiempo
La ruta más increíble de Argentina: 270 curvas y un bosque prehistórico congelado en el tiempo

Resumen para apurados

Hay un camino tan fascinante como vertiginoso que guardan las montañas hacia su interior. Allí donde el precipicio se asoma entre las ruedas de los vehículos se abre uno de los paisajes más espectaculares de la Argentina. Curvas y contracurvas, de izquierda a derecha, cada vez que se avanza el viajero se sumerge más en el corazón de la cordillera, donde las elevaciones se configuran en un manto desdibujado en sus picos y de puntas redondeadas. El sol ilumina los resquicios, pintando de color el increíble Camino de los Caracoles.

El recorrido hasta Uspallata desde la Reserva Natural de Villavicencio hace elevar a los turistas en un trayecto de zigzag que permite acceder a los tesoros mejor guardados del oeste. Guanacos cruzan impasibles en la ruta de ripio, mientras los zorritos se escabullen hacia los costados y el majestuoso cóndor andino sobrevuela sus dominios. Así también se avanza por yacimientos mineros a 2.600 metros sobre el nivel del mar y, más adelante, el itinerario se abre paso por el célebre bosque de araucarias fósiles. Esta ruta de Mendoza promete una aventura por los intersticios más increíbles del país.

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Este tramo de cornisa, que se extiende por 25 kilómetros, arrastra su propia mística. Popularmente conocido como el "Camino de las 365 Curvas" o "Camino del Año", los guardaparques de la zona revelan con una sonrisa que en realidad son 270 los giros que desafían la gravedad. Más allá de las matemáticas, este sinuoso trazado supo ser una arteria clave en la época colonial, uniendo los puertos de Buenos Aires y Valparaíso. Hoy, transformado en un santuario natural de 72.000 hectáreas en el departamento de Las Heras, el entorno impacta a mendocinos y extranjeros por igual, regalando postales que parecen extraídas de una historia de J. R. R. Tolkien.

El punto de partida —o de llegada, según cómo se encare la travesía— resguarda otro ícono imborrable de la memoria argentina: el Hotel Villavicencio. Declarado Monumento Histórico Nacional en 2013, su fachada sigue siendo el emblema indiscutido de las etiquetas de agua mineral. A partir de allí, el recorrido se vuelve escarpado y angosto. Los primeros 15 kilómetros exigen máxima precaución al volante, y los expertos recomiendan evitar la travesía ante pronósticos de nieve o lluvias, ya que la calzada puede transformarse en una trampa peligrosa.

La reserva es un gigantesco laboratorio natural que resguarda más de 320 especies de flora y unas 250 de fauna. Al transitarla, el paisaje muta a medida que se gana altitud, cruzando tres ambientes bien definidos: el monte, el cardonal y la puna. En las zonas más bajas, las jarillas y aromáticas como el tomillo perfuman el aire; más arriba, los cactus dominan la escena, hasta dar paso a la vegetación achaparrada de la puna. En este ecosistema árido, la vida converge de manera milagrosa en las llamadas vegas de alta montaña, humedales vitales ante la ausencia de ríos superficiales.

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Para los amantes del avistamiento de fauna, el viaje es un safari silencioso. Además de los confiados guanacos, con suerte se puede divisar al escurridizo puma en el cardonal, o a monumentos naturales provinciales como la mara (liebre patagónica) y el suri cordillerano.

Para quienes decidan sumergirse en esta experiencia, existen dos alternativas bien diferenciadas. La primera opción es iniciar el recorrido desde la Ciudad de Mendoza, tomando la ruta 52 por Canota, lo que permite ir descubriendo el escenario en ascenso. La segunda variante es hacerlo a la inversa, partiendo desde Uspallata para acceder primero a la Cruz de Paramillos, el punto más alto del camino, e iniciar desde allí un emocionante descenso entre cornisas y curvas cerradas.

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