La importancia de cambiar comas por puntos finales
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Hay momentos en la vida en los que seguimos escribiendo historias que hace tiempo dejaron de tener sentido. Nos aferramos a personas, situaciones, trabajos, vínculos, sueños o expectativas que ya no nos hacen bien, pero en lugar de poner un punto final, elegimos una coma. Nos decimos "un poco más", "tal vez cambie", "quizás mañana sea diferente", "no es el momento para terminar". Así vamos prolongando capítulos que ya concluyeron, creyendo que sostenerlos es una muestra de amor, de paciencia o de compromiso, cuando muchas veces es solamente miedo. Miedo a soltar, miedo a equivocarnos, miedo al vacío que deja el final.
Sin embargo, la vida nos enseña una y otra vez que existen finales necesarios. Aprender a cambiar algunas comas por puntos finales es un acto de profundo amor propio. Es reconocer que no todo debe durar para siempre y que algunas despedidas también son una forma de cuidarnos. Nos enseñaron que abandonar era fracasar y que perseverar siempre era una virtud. Pero nadie nos habló de la diferencia entre perseverar en aquello que nos hace crecer e insistir en aquello que nos lastima.
Hay relaciones que hace tiempo dejaron de nutrirse y sobreviven únicamente por la costumbre. Hay conversaciones que se repiten sin encontrar soluciones. Hay promesas que nunca llegan a cumplirse. Hay heridas que permanecen abiertas porque seguimos esperando una explicación que probablemente nunca llegará. Cambiar una coma por un punto final no significa rendirse; sino aceptar una realidad, reconocer que hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance y que ya no depende de nosotros cambiar aquello que el otro no quiere transformar.
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A veces el mayor acto de valentía no consiste en quedarse, sino en irse; en sostener, sino en soltar; en insistir, sino en aceptar. He visto muchas personas agotadas emocionalmente porque llevan años sosteniendo historias terminadas. Se acostumbraron tanto al dolor que llegaron a confundirlo con amor. Permanecen porque creen que aún queda algo por rescatar. Sin embargo, rescatar una relación requiere del compromiso de ambas personas, una amistad necesita reciprocidad, un proyecto exige energía y deseo.
Los puntos finales también generan tristeza. Nadie puede negar que cerrar un ciclo duele. Decir adiós implica atravesar un duelo. Incluso cuando sabemos que es la mejor decisión, aparecen lágrimas, recuerdos, preguntas y silencios. Pero el dolor de un final saludable es muy diferente al sufrimiento de permanecer indefinidamente donde ya no pertenecemos. El primero tiene un tiempo. El segundo parece no terminar nunca. La realidad rara vez ofrece finales ideales. Algunas personas simplemente se van sin dar respuestas, cambian sin avisar, dejan promesas incumplidas, nunca comprenderán el daño que causaron. El verdadero cierre comienza cuando dejamos de depender del otro para poder continuar nuestro camino.
También existen puntos finales internos. Son aquellos que ponemos cuando decidimos dejar de culparnos por errores del pasado. Cuando dejamos de castigarnos por decisiones tomadas con los recursos que teníamos en ese momento. Cuando comprendemos que ya aprendimos la lección y no necesitamos seguir pagando la misma deuda emocional. El ser humano necesita completar sus ciclos, concluir aquello que quedó inconcluso. Lo que permanece abierto sigue reclamando energía.
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Cuando finalmente nos animamos a cerrar esa puerta, recuperamos una energía que ni siquiera sabíamos que habíamos perdido. Entonces aparece la liviandad, la paz, la posibilidad de mirar hacia adelante. Los puntos finales también nos permiten descubrir quiénes somos sin aquello que dejamos atrás. Durante mucho tiempo podemos haber construido nuestra identidad alrededor de un vínculo, un trabajo o una responsabilidad. Cuando eso termina sentimos que perdemos una parte de nosotros. Sin embargo, con el tiempo descubrimos que no era nuestra esencia, sino solamente un capítulo de nuestra historia. Nadie deja de ser quien es porque una etapa termine. Al contrario, muchas veces recién comenzamos a conocernos cuando cerramos aquello que nos limitaba.
Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: "Todo lo que no termina, pesa". Y cuánto pesa una conversación pendiente, un perdón no dado, una decisión postergada o una despedida evitada. Vamos cargando esas mochilas durante años creyendo que podemos acostumbrarnos. Sí, uno puede acostumbrarse al peso, pero eso no significa que deje de doler. La vida se vuelve mucho más ligera cuando aprendemos a elegir qué vale la pena seguir llevando y qué necesita quedarse atrás.
Terminar una relación que lastima puede ser el comienzo del respeto por uno mismo. Dejar un hábito destructivo puede regalarnos salud y tranquilidad. Alejarnos de quienes constantemente nos hieren puede devolvernos la serenidad que habíamos olvidado. Detrás de muchos puntos finales se esconden nuevos comienzos que todavía no alcanzamos a imaginar. La naturaleza nos recuerda permanentemente el valor de los ciclos. Los árboles dejan caer sus hojas sin luchar contra el otoño. Las flores aceptan marchitarse para volver a florecer. El día termina para que llegue la noche y la noche también concluye para dar paso a un nuevo amanecer.
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Solo los seres humanos insistimos tantas veces en detener procesos que necesitan concluir. Tal vez deberíamos aprender de la naturaleza y comprender que cerrar un ciclo también forma parte de la vida. Hoy quiero invitarte a mirar tu historia. ¿Qué coma lleva demasiado tiempo esperando convertirse en punto final? ¿Qué situación continúas sosteniendo solamente por miedo? ¿Qué conversación necesita terminar? ¿Qué culpa merece ser despedida? ¿Qué expectativa ya no tiene sentido seguir alimentando? No hace falta responder de inmediato, sólo comenzar a hacerse la pregunta. Porque los grandes cambios empiezan cuando dejamos de engañarnos.
Ojalá tengamos la sabiduría para distinguir cuándo vale la pena seguir escribiendo y cuándo ha llegado el momento de cerrar el capítulo con gratitud. Porque poner un punto final no borra lo vivido, no niega el amor entregado ni invalida los esfuerzos realizados. Simplemente reconoce que esa historia ya cumplió su propósito. Y cuando un capítulo termina con conciencia, el corazón deja de mirar hacia atrás y encuentra la libertad para escribir una nueva página, esta vez con más experiencia, más serenidad y, sobre todo, con la certeza de que algunas despedidas no cierran la vida, sino que la vuelven a abrir. Namaste. Mariposa Luna Mágica. Ligia Dione Miralles. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).
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