¿Feliz Día del Niño?
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Hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que llega el Día del Niño: ¿cómo hablar de niños felices en una sociedad que parece empeñada en complicarles el mundo? La pregunta incomoda porque obliga a mirar más allá de los regalos, las fotografías, los festejos y las frases hechas. Un niño no necesita solamente una fiesta. Necesita una sociedad que le permita crecer sin que la pobreza, la violencia, la desigualdad, la contaminación, la indiferencia o el abandono de las responsabilidades públicas determinen su vida antes de que pueda siquiera comprenderlas.
Decimos que los niños son el futuro, una de esas frases que hemos repetido tantas veces que terminó perdiendo significado. Pero los niños no son el futuro: son el presente. Tienen hambre hoy, estudian hoy, juegan hoy, sufren hoy, padecen violencia hoy, respiran el aire que nosotros contaminamos hoy y comen los alimentos que el mercado y nuestras posibilidades económicas ponen sobre sus mesas hoy. El futuro es una promesa; la infancia, en cambio, es una responsabilidad inmediata.
¿Cómo explicarles la felicidad cuando en muchas familias argentinas llegar a fin de mes se transformó en una batalla cotidiana? ¿Cómo hablar de igualdad cuando el lugar donde un niño nace sigue determinando, en demasiados casos, la calidad de su alimentación, de su educación, de su vivienda, de su acceso a la cultura y hasta sus posibilidades de imaginar un futuro? La economía no es una abstracción para un niño. La crisis entra por la puerta de su casa, se instala en la mesa familiar, modifica los vínculos, condiciona los alimentos, limita los viajes, los deportes, los libros, los juguetes y hasta el tiempo que sus padres pueden dedicarle.
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Y mientras los adultos discutimos inflación, déficit, mercados, salarios y estadísticas, la infancia queda convertida en una cifra más. Ese es uno de nuestros mayores fracasos políticos y morales. Porque una sociedad que solamente mide cuánto crece su economía, pero no cuánto sufren sus niños, puede tener números exitosos y una profunda derrota humana.
Tampoco podemos mirar solamente al hogar. La escuela se convirtió en uno de los lugares donde se concentran muchas de las contradicciones de nuestra época. A los docentes les pedimos que enseñen, contengan, escuchen, detecten violencia, intervengan frente al bullying, acompañen problemas familiares, comprendan las nuevas formas de comunicación y, muchas veces, reparen daños sociales que no produjeron. Y después nos preguntamos por qué la escuela tiene dificultades. Quizás deberíamos preguntarnos primero cuánto estamos dispuestos a invertir realmente en ella y cuánto hemos decidido cargar sobre las espaldas de quienes enseñan.
El bullying tampoco aparece de la nada. Un niño aprende a discriminar, a humillar y a excluir observando una sociedad que muchas veces premia la agresividad y convierte al diferente en enemigo. No podemos exigirles a los chicos una convivencia que los adultos somos incapaces de construir. Después están las pantallas. El problema no es la tecnología, sino aquello que comienza a desaparecer cuando la pantalla ocupa todo el espacio: la conversación, el juego, el silencio, la lectura, la imaginación, la calle, la plaza, el encuentro con otros. Padres sin tiempo, niños hiperconectados y una sociedad que corre detrás de obligaciones económicas cada vez mayores. Hemos conseguido una paradoja extraordinaria: tenemos más medios para comunicarnos y cada vez menos tiempo para hacerlo verdaderamente.
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También deberíamos preguntarnos qué comen nuestros niños. Alimentación saludable para quien puede pagarla; productos ultraprocesados y comida de baja calidad para quienes tienen menos posibilidades. Publicidad dirigida a la infancia, consumo de azúcar, hábitos alimentarios impuestos por el mercado y una industria que conoce perfectamente cómo convertir el deseo infantil en negocio. A eso se suma el problema de los agrotóxicos, la contaminación del agua y del suelo y un modelo ambiental que parece olvidar una verdad elemental: el planeta que destruimos no será reemplazado por otro cuando nuestros hijos crezcan.
Por eso el Día del Niño debería ser también un día de interrogación política. ¿Qué hacen el Estado nacional, las provincias y los municipios para garantizar una infancia digna? ¿Cuánto de lo que se anuncia se convierte realmente en políticas sostenidas? ¿Cuánto presupuesto se destina a educación, salud, alimentación, deporte, cultura, vivienda, protección ambiental y prevención de las violencias? ¿Qué ocurre con los niños que quedan fuera de los discursos porque viven lejos de las fotografías oficiales? No alcanza con organizar un festival, repartir juguetes o inaugurar una plaza para decir que se está trabajando por la infancia. La política para los niños no puede aparecer una vez al año. Debe estar presente todos los días en el presupuesto, en las escuelas, en los hospitales, en los barrios, en la alimentación y en las condiciones de vida de las familias. Y esto vale también para Jujuy: ningún gobierno puede hablar seriamente de futuro si no garantiza condiciones dignas para quienes representan ese futuro.
Kant sostenía que nunca debemos tratar al ser humano solamente como un medio, sino siempre como un fin. Quizás allí exista una de las claves para pensar la infancia. Nuestros niños no son futuros trabajadores, futuros consumidores, futuros votantes ni futuras estadísticas. Son personas ahora. Y tienen derechos ahora.
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Por eso, tal vez este Día del Niño deberíamos abandonar las frases complacientes y hacernos una pregunta mucho más incómoda: ¿qué clase de mundo estamos construyendo delante de ellos? Porque los niños observan cómo vivimos, cómo hablamos, cómo gobernamos, cómo consumimos, cómo tratamos al diferente y cómo resolvemos nuestros conflictos. Aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que les decimos.Y quizás la verdadera pregunta no sea cómo conseguir que nuestros niños sean felices.Quizás sea otra, mucho más doloroso: ¿qué estamos haciendo los adultos para que tengan razones para serlo? Regalarles un día de felicidad es sencillo.Construir una sociedad que no les robe la infancia es nuestra verdadera obligación.
(*) Miguel Ángel Falcon Padilla, doctor en Filosofía.
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