“El tiempo no es el que cura sino las respuestas”
La autora chipriota Constantia Soterou y el director Alfredo Staffolani dialogan sobre una obra que une memorias de desaparición en Chipre y Argentina.

En el Teatro Sarmiento se pudo ver la maravillosa pieza País amargo. La obra, escrita por la novelista y dramaturga de Chipre Constantia Soterou, es dirigida por el argentino Alfredo Staffolani, con elenco local: Florencia Bergallo, Laura Nevole, Julia Gárriz, Eugenia López y Lola Sierra. El proyecto gira en torno a familiares del estimado de 2000 personas desaparecidas durante el conflicto (1963-1974) entre turcochipriotas y grecochipriotas. El proyecto teatral llegó a la Argentina como parte de la edición 2025 de Diálogos teatrales, intercambios entre dramaturgias argentinas y europeas contemporáneas, bajo curaduría de organismos de la Unión Europea y el Complejo Teatral de Buenos Aires.
—¿Cómo fue elegida esta obra para nuestro país?
Constantia Soterou: La Embajada de Chipre y diplomacia cultural de la Unión Europea evaluaron trabajos de dramaturgos de Chipre, bajo, entre otros criterios, su relevancia temática para la realidad social y cultural de la Argentina. País amargo, que se centra en madres y viudas de personas desaparecidas en Chipre, fue seleccionada porque la Argentina también carga con el peso de los desaparecidos: el dolor de las mujeres retratadas en mi obra hace eco en el dolor de las mujeres allí. Asimismo, Argentina ha contribuido científicamente al esfuerzo por determinar el destino de algunos de nuestros desaparecidos.
—¿Cómo describirían lo que se ve, se escucha en ella?
Alfredo Staffolani: En el contexto de la agonía de una mujer, unas amigas que la despiden testimonian sobre un proceso muy oscuro en Chipre: la ocupación turca posterior a la independencia de Inglaterra. Se dice que Chipre es un “país amargo”, porque hay muertos, en fosas comunes, que amargan la tierra. Yo escribí un prólogo en primera persona para las actrices que lo interpretan, manipulando, con distorsiones poéticas, algunas historias reales. Algunas heridas permanecen abiertas y traen preguntas sobre la desaparición forzosa de personas luego de un enfrentamiento geopolítico-religioso, una guerra civil, o una dictadura militar. Trabajo sobre lo irrepresentable. El dolor de una madre que perdió a su hijo, o que lo está buscando, o del que solo pudo tener sus restos en una fosa común, solo puede ser resignificado través de la escena, de una ficción que dialogue entre los hechos y lo puramente poético.
—¿Cuánto hay de historias reales, testimonios?
C. S: La obra está basada en historias y testimonios de mujeres que han perdido personas en sus familias. Yo escribo sobre esa zona gris de incertidumbre y tormento, sobre qué sucede puertas adentro: ¿cómo vivieron esas mujeres?, ¿qué esperaba la sociedad que sucediera con ellas? Y, por encima de todo, escribo historias humanas de mujeres comunes, retratadas no solo como heroínas, sino con las víctimas inocentes de la devastación y el intenso dolor.
—¿Cuánto hay de efecto presente, de memoria viva, de estas experiencias pasadas y que todavía poseen un peso concreto?
C. S: La memoria, a que a veces es inseparable del trauma, está siempre presente y pasa de una generación a la siguiente. Nuestros desaparecidos no son solo los desaparecidos de sus propias familias sino los desaparecidos de una tierra entera. El Comité sobre Personas Desaparecidas tiene como slogan: “Para las familias de personas desaparecidas, no es el tiempo el que cura sino las respuestas”. Llegó a identificar 764 personas desaparecidas griegas chipriotas y 305 personas desaparecidas turcas chipriotas. Recuperar los restos de sus seres queridos es muy importante para poder enterrarlos de acuerdo a los ritos de su fe y que el alma pueda alcanzar algo de paz.
—¿Qué imaginás, Alfredo, que podría pasar con un espectador que niega o minimiza los crímenes ocurridos en la Argentina entre 1976-1983, si viera esta obra?
A. S: La obra toma el caso chipriota, pero funciona como un oráculo. En el mismo momento, en Argentina, pasaba algo muy parecido. Yo me pregunto qué restos quedaron en nuestros cuerpos como intérpretes, como creadores, como testigos directos o indirectos de la dictadura. ¿Qué complejidad trae retratar a un desaparecido hoy cuando todavía se pone a trabajar el número de víctimas, siendo además la épica de un periodo que necesita ser nombrado de alguna manera? Por supuesto que fueron 30000 los nuestros, no sólo porque así fue medido por los organismos de derechos humanos, sino porque el negacionismo no atraviesa datos, sino que hace algo todavía más oscuro: toma los hechos y los reduce, los cubre con un nylon, los borra, repitiendo un mecanismo de tortura que pareciera elevar el problema a medida que se intenta enterrarlo. Alguien negacionista podría ver la obra, y enseguida se vería en la obligación de reformular algunas preguntas. Sobre todo, porque no es una obra panfletaria, ni tampoco trabaja como alegoría de la historia argentina. La obra cuenta cómo fue el periodo de guerra civil en Chipre, y las secuelas que dejó en comunidades turcochipriotas y grecochipriotas. Pero inmediatamente se instala en un periodo negro en el que la supervivencia es transversal a las naciones y las heridas que quedan abiertas empiezan a ser universales.
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