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¿De qué vamos a vivir los argentinos con este modelo?

Por Eduardo Sánchez6 min
¿De qué vamos a vivir los argentinos con este modelo?
¿De qué vamos a vivir los argentinos con este modelo?

Una familia de clase media en el Gran Buenos Aires llega a fin de mes con el “resumen de la tarjeta” como principal documento político de la Argentina. No es el Indec, ni el riesgo país, ni el tipo de cambio. Y lo que ese resumen dice, cada vez con más frecuencia, es que los ingresos no alcanzan y que la diferencia se financia con deuda, en el mejor de los casos. Las familias también tienen su “Macro”. También se hacen sobre la inteligencia contable de egresos e ingresos. Tienen sus astucias, sus cálculos, sus aspiraciones. Tienen derecho a tenerlas. Y el declive es notable: muchas viajan hacia una quiebra. El costo de la economía de Milei también se mide en esas quiebras familiares.

No es una percepción, es un dato. El ingreso disponible de los trabajadores formales y jubilados está hoy un 12% por debajo del promedio previo a la crisis de 2023, y no se recupera. Las familias cubrieron esa brecha con deuda o desahorro. El resultado está a la vista: la irregularidad del crédito en entidades no financieras a personas –fintech, tarjetas– llegó al 31,7% en abril de 2026. Uno de cada tres pesos prestado por fuera del sistema bancario está en mora. Incluso en los bancos, la irregularidad en créditos a personas físicas trepó al 12%, superando el peor momento de la pandemia. La carga mensual de servicios de deuda sobre la masa salarial formal superó el 25%, máximo histórico. Las familias no solo deben más: destinan una porción récord de su sueldo a pagar lo que debieron pedir prestado para llegar a fin de mes. Eso tiene un nombre: default. El síntoma de una economía exhausta no aparece en el riesgo país: aparece en el resumen de la tarjeta.

La macro camina incipientemente hacia el orden –y eso importa, hay que decirlo– pero el orden macroeconómico todavía no se tradujo en bienestar concreto para la mayoría. Hay una brecha entre el tablero y la cancha. Entre los indicadores que miran los mercados y la vida que vive la gente. Una política de ajuste al que la sociedad llegó sin engaños no puede ser un fin, a lo sumo puede ser el medio para un fin: mayor tranquilidad cambiaria, inflación desacelerada y crecimiento económico.

Esa familia no necesita que le expliquen la balanza de pagos. Necesita saber para qué sirve el sacrificio que está pagando. Es en realidad la pregunta más grande que tiene la Argentina por delante: ¿de qué vamos a vivir? No en el sentido de sobrevivir. En el sentido de construir.

Porque el orden macroeconómico, si no responde esa pregunta, es solo el prerrequisito de algo que todavía no existe. Es condición necesaria. Pero una condición no es un destino. Hasta ahora, ningún espacio político –ni el que gobierna ni los que aspiran a hacerlo en las variantes opositoras aún débiles– respondió a esa pregunta con un programa concreto. La tienen pendiente todos.

No es una pregunta retórica. Es la pregunta de desarrollo que este país evitó sistemáticamente porque siempre hubo alguna renta disponible para distribuir antes de construir. El boom de la soja postergó la discusión. El gasto la enterró bajo la urgencia del presente. La deuda la pateó para adelante. Ahora, con la macro en proceso de ordenamiento y sin renta extraordinaria disponible, la pregunta vuelve con toda su fuerza.

Hay una tentación –comprensible, pero peligrosa– de creer que Vaca Muerta responde la pregunta, que el petróleo y el gas de Neuquén son el destino manifiesto argentino y que el resto se acomoda solo. Pero no puede ser la única vela que prendemos, como a los santos, para que llegue “la buena”. ¿Y el modelo? Porque un solo pilar, por más robusto que sea, no sostiene un país. Lo que sostiene un país es la decisión política de convertir recursos extraordinarios en bienestar ordinario. En empleos, en salarios, en servicios públicos que funcionan.

Argentina tiene cuatro pilares productivos reales, no imaginados. Agro, minería y energía juntos generan el 7% del empleo formal argentino. Vaca Muerta es el resultado de una política de Estado, cualquiera que tiene la oportunidad de conocer esa Formación siente una vibración tal vez comparable a la Antártida o incluso a nuestras amadas Islas Malvinas: el cosquilleo de la soberanía. En su escenario de máxima expansión, podría movilizar hasta 240.000 trabajadores directos e indirectos hacia 2040. Son números reales. Pero desde que asumió Milei la economía argentina perdió más de 280.000 empleos asalariados formales (privados y públicos). El campo, la energía y la minería crecen. El comercio, la construcción y la industria –los sectores que dan trabajo a la mayoría– caen. Son dos economías dentro de una misma Argentina.

El riesgo es la trampa latinoamericana de siempre: una economía con sectores de punta muy productivos y una mayoría que no migra hacia empleos mejores sino hacia la venta ambulante, el changarín de aplicación, el rebusque de baja productividad. La informalidad laboral ya supera el 45% de la fuerza de trabajo. Es el mapa de un país que se está partiendo al medio.

Lo que falta no es otro pilar exportador. Lo que falta es la conversación política sobre cómo construir densidad productiva alrededor de los pilares que ya existen. Cómo hacer que Vaca Muerta traccione proveedores nacionales y manufactura industrial. Cómo hacer que el litio no se exporte como mineral sino como componente procesado. Cómo hacer que un chico de Tucumán o de Resistencia tenga acceso a la misma formación técnica que uno de Palermo y pueda trabajar para el mundo desde donde nació.

Hay una verdad que la política argentina evita porque incomoda a todos por igual: el tipo de cambio real. Un dólar barato no es neutralidad macroeconómica, es una política industrial al revés. Encarece lo que producimos, abarata lo que importamos, y destruye en silencio el tejido productivo que ningún plan de desarrollo puede reconstruir solo con voluntad. La estabilización con atraso cambiario no es el camino al desarrollo. Es su principal obstáculo. Y mientras ese tema no entre en la conversación pública con nombre y apellido, todo lo demás es arquitectura sobre arena.

Volvamos al principio. El final es en donde partir, como cantaba La Renga. La familia del resumen de tarjeta no va a vivir de Vaca Muerta. Pero puede vivir de lo que Vaca Muerta construye alrededor. Ese es el país que está en disputa. No el país del recurso, más bien el país de lo que se construye con el recurso. Ese país necesita saber que el sacrificio que está pagando tiene un destino. El orden fiscal es condición necesaria. Pero una condición no es un destino. La estabilización sin modelo de desarrollo es solo administrar la decadencia con mejor prosa. Y esa respuesta, en Argentina, todavía está por construirse. Los liberales argentinos siempre decían y repetían que la economía de un país es como la de una familia. Que se debe ordenar con esos criterios de “Doña Rosa”. Que no se puede gastar más de lo que se tiene. Reducían –y sabían que lo hacían– la versión de un país a su mínimo. Pero entonces, son ellos los que se muerden la cola. Son ellos los que, para ordenar el país como a una familia, están matando a Doña Rosa.

* Socio fundador de la consultora Equilibra.

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