Crónica de los nombres que no van
Por Belén Cianferoni.

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Crónica de los nombres que no van Crónica de los nombres que no van
Buen día, crónicos! Cierren bien esa puerta que entra un chiflete.
Tengo los dedos cerrados por el frío y me cuesta un poco poder escribirles. Delicias de la esclerosis múltiple en invierno. Todos los músculos mejoran y es más fácil todo. Salir. Hacer ejercicio. Vivir y pensar es más cómodo porque siento como si la niebla mental se aplacara.
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Siento como todo se enfría más y más. Lo único que no quiero frío es el corazón, especialmente con el Mundial. Sobre todo con el Mundial.
Hace unos días estuve en una charla sobre discapacidad. Y fue una experiencia interesante, para bien y para mal, me cambió para siempre.
Me acuerdo que hace un par de años tuve que explicar en frente de un profesorado, ante profesionales, que no se dice "persona con necesidades especiales", porque por más que quiera no puedo volar ni soy Batgirl, tengo las mismas necesidades que otras personas. Tampoco se dice lisiado, minusválido, etc.
Me da gracia cómo ciertas palabras se rehúsan a salir de la boca de Santiago del Estero, hay cierto apego por la palabra "especial". Una vez, entiendo, puede pasar. Dos veces indica cierta torpeza. Pero tres es apego innecesario a un presente que no es nuestra realidad, pero sí nuestra responsabilidad.
Aquí hay algo más psicológico de fondo. El dolor ante la realidad del otro que no podemos comprender. Es difícil salirse del cuerpo de uno y mirar en silencio todo, antes de hablar. Es un problema moral en el que estamos hundidos.
Voy a ilustrarlo con mi comida favorita. Un lomito.El lomito no tiene que justificar su nombre, por ejemplo. Nadie le cuestiona su hermosa existencia y su nombre. ¿Porque te llamas lomito si tienes pan, lechuga, huevo, tomate y otros quiquirimichis? El lomito nació así y va a terminar sus días en nuestra boca, así.
Nadie le arma una mesa redonda al lomito para debatir si en realidad debería llamarse "sándwich con necesidades alimenticias especiales" o "sánguche en situación de relleno". No. Es lomito y ya está. Con papas, sin papas, con huevo, sin huevo: lomito.
Con nosotros pasa lo mismo y a la vez no. Yo soy una persona con discapacidad. No necesito que nadie le ponga moño al asunto para que suene más lindo. La discapacidad no se tapa con una palabra bonita, como no se tapa el queso derretido con una servilleta de papel: se nota igual, y está bien que se note.
Lo que pasa es que el otro, el que pregunta "¿cómo te digo para no ofenderte?", muchas veces no me está preguntando a mí. Se está preguntando a sí mismo cómo hace para que mi cuerpo no le incomode tanto. Quiere maquillar su incomodidad con palabras.
Por estos pagos tenemos predilección por el eufemismo. "Capacidades diferentes" (como si el resto de ustedes tuviera las mismas capacidades entre sí, cosa que dudo, he visto gente que no sabe ni hacer el repulgue una empanada). "Personita especial" (no, no soy una edición limitada de fábrica). "Angelito" (no tengo alas, tengo bastón, es otro hardware).
Es como si a Messi, en vez de capo, genio o crack, lo llamáramos "jugador con necesidades futbolísticas especiales". No. Es Messi. Lo nombramos por lo que es, no por lo que a nosotros nos incomoda nombrar.
Y ya que hablamos de nombres, tengo que hablar del mío. Belén me lo pusieron mi papá y mi mamá, sin pedirme permiso, apareció. Y desde ese día se ocuparon de que ese nombre fuera lo único que tuviera que cargar sola.
Porque acá nadie habla de todo lo otro que cargan los padres. Los turnos. Los gastos. Los viajes de un lado a otro de la ciudad, a veces de una provincia a otra. Las terapias que en la Argentina de hoy, con esta crisis moral y política que recorta derechos como quien recorta gastos en una planilla, se volvieron una proeza de magia financiera más que un trámite de salud. Nadie le hace un homenaje a esos padres. Y deberían tenerlo.
Mi papá me llamaba por mi nombre. Nada de "mi hija especial", nada de eufemismo bonito. Belén, y basta. Fue él, junto con mi mamá, quien se preocupó siempre por mis terapias, por que llegáramos, por que se pagaran, por que no faltara nada aunque a veces faltara todo lo demás.
Fue mi papá quien me ayudó a aceptar la palabra "persona con discapacidad". Me acuerdo que me decía, así, sin vueltas: "vos seguís siendo igual de buena... y de tarada." No me lo decía para suavizar nada, ni para justificar la palabra discapacidad con una broma. Me lo decía porque era más rápido. Para él yo no había cambiado de nombre ni de cariño por tener un diagnóstico. Seguía siendo la misma de antes, con el mismo apodo de cargada y el mismo lugar en la mesa. Apodo que nadie conocera y muerte en mi familia.
Ese es el punto, en realidad. El lomito no se explica. Y el cariño de un padre tampoco.Así que la próxima vez que no sepan cómo decirme, prueben con lo más simple: Belén. O "persona con discapacidad", si necesitan el dato técnico para el formulario. Nada de especial, nada de angelical, nada de lomito con flores dibujadas. Lomito, posta, sin vueltas.
Cierro la puerta de este domingo antes de que se me cuelen más chifletes. Y ya saben: abrigado el cuerpo, pero sobre todo abrigado el corazón, que se viene el Mundial y ahí sí que no quiero a nadie con frío.
Nos leemos el domingo que viene, crónicos. Un muy feliz día a los papás y a los que tienen su papá cerca.
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