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Ancestral rito de gratitud a la Madre Tierra en la selva jujeña

Desde hace 86 años, constituye la Pachamama comunitaria más grande de la zona del Ramal.

Por Nora Ruiz4 min
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Ancestral rito de gratitud a la Madre Tierra en la selva jujeña
Ancestral rito de gratitud a la Madre Tierra en la selva jujeña

NORA RUIZ - ESPECIAL PARA EL TRIBUNO DE JUJUY

Un año más que agosto trae la magia de la cultura, la tradición y la ofrenda que se hace gratitud a la Madre Tierra dadora de vida.

Y en este año, agosto se anunció con el cálido viento norte que animó el despertar de los lapachos que, con su singular belleza, lucieron paletas con vivos colores rosas, lilas y blancos haciendo gala en medio del paisaje ocre que todavía duerme esperando el reverdecer de la primavera.

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Enmarcado en medio de la imponente, esmeralda y dulce geografía, el emblemático lote La Manga, ubicado a la vera de la ruta nacional 34, en la localidad de La Esperanza, departamento San Pedro, se constituyó en el escenario donde duerme silenciosa la apacheta que el 1 de agosto despierta al embrujo del sahumerio, la serpentina y el papel picado.

El querido lote se transformó en custodio del mojón que en 1940 don Modesto Gaspar abrió para tributar homenaje a la Madre Tierra. Con el paso del tiempo, se constituyó en la Pachamama comunitaria que convoca a la mayor cantidad de devotos en el ramal, que llegan desde distintos puntos del país a rendir tributo.

Esta manifestación cultural muy cara a los afectos del pueblo, se recrea en los cuatro puntos cardinales de la provincia, cada una con sus signos particulares. Este año, los pasantes Julio y Mariela Cardozo unieron manos y voluntades con colaboradores, pasantes y los padrinos para que la fiesta de gratitud a la madre tierra tuviese el brillo esperado.

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Los padrinos y las raíces de la fe. Como toda fiesta que convoca al pueblo, existe la necesidad de nombrar a los padrinos, que han de ser, en este caso, los custodios y protectores de la celebración. Desde hace más de cuarenta años, Desiderio Gaspar y Martina Valencia, quienes llegaron con veinte años desde La Quiaca para forjar su futuro, se afincaron en estos lares y luego asumieron el compromiso de ser los padrinos de la Pachamama, cumpliendo con gran dedicación cada instancia del ritual, que comienza el primer martes de julio.

Desiderio Gaspar un hombre sabio, fuerte y con una mirada llena de bondad siempre a la par de su esposa Martina Valencia, que transmite una dulzura y una paz infinitas con su sonrisa, son compañeros de vida y de fe que cumplen con el servicio de asesorar a los pasantes de cada año, sobre todo lo relacionado al ritual, incluyendo las instancias previas y posteriores al mismo.

Esta herencia familiar sigue más viva que nunca. Tuvimos la oportunidad de dialogar con la sobrina del fundador de la Pachamama Modesto Gaspar, Yolanda Domínguez Gaspar, quien llegó especialmente desde La Quiaca a participar del ritual. Comentó que antiguamente solían venir desde la Puna profunda para trabajar en la cosecha de la caña. "Mi mamá vino de Santa Catalina y mi papá y el tío Modesto de Cieneguillas. Yo nací en lote Palo Blanco, Ledesma, nuestra familia volvió y nuestros tíos decidieron no regresar a sus pagos, afincándose definitivamente aquí", relató. Fueron ellos quienes trajeron en su corazón y en sus valijas su cultura, su tradición y su fe, las cuales se fueron amalgamando de forma única con las costumbres propias de esta zona selvática.

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Preludio de la celebración

El 31 de julio se procedió a limpiar el sitio donde se erige la gran apacheta y se ornamentó con banderines, globos y serpentina. Una salva de bombas, anunció muy temprano, la llegada del 1 de agosto. Cabe recordar que el ritual se celebró históricamente en el sector denominado el triángulo de El Chaguaral y luego de la venta del ingenio, se trasladó al lote La Manga y así fue como, a los pies de un legendario árbol, se abrió el mojón actual, donde ya quedó definitivamente asentado.

Aunque cambien los lugares o los dueños de las tierras, el paso de los rituales es exactamente el mismo; nada cambia en la fe del pueblo. Según la tradición, aproximadamente a tres metros de la apacheta, todos deben arrodillarse para saludar a la Madre Tierra. Luego se extienden los aguayos donde se depositan las ofrendas preparadas por los pasantes, doce ollitas de barro con comidas sin sal, picante de pollo con chuño, tijtinchas con chalona hervida, guiso de maíz pelado, queso con papa cocida, guiso de quinoa, asado, etc, bebidas y las infaltables "capias", panes pequeños con formas de animalitos.

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Cada recipiente es cubierto con lana de oveja teñida con colores firmes y una tortilla de harina de maíz. No pueden faltar también, los cántaros con chicha. Todo adornado previamente con serpentinas y "mistura", además de la correspondiente sahuma realizada a las comidas, bebidas y a la bandera de los pasantes de ese año. Cabe aclarar que los vecinos del lote también llevan sus ofrendas a las que se suman, las de muchísima gente que llega desde la ciudad, localidades y provincias vecinas, a rendir culto a la Madre Tierra en este rincón de la selva jujeña.

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