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"Amar y Vivir", el bolero que Matías Etchart convirtió en vino: la historia de Arca Yaco y el arte de hacer camino al andar

El bodeguero apostó por un lugar fuera del mapa vitivinícola. Su rosado de apenas 300 botellas fue distinguido por Tim Atkin como "Descubrimiento del Año".

Por Edu Ruiz5 min
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"Amar y Vivir", el bolero que Matías Etchart convirtió en vino: la historia de Arca Yaco y el arte de hacer camino al andar
"Amar y Vivir", el bolero que Matías Etchart convirtió en vino: la historia de Arca Yaco y el arte de hacer camino al andar

"Se vive solamente una vez"

Matías Etchart suele repetir esta frase en su cuenta de X, red social en la que se define como bodeguero. Pertenece al bolero "Amar y vivir", de la pianista y compositora mexicana Consuelito Velázquez, la misma canción que su tío Arnaldo Etchart, referente de la viticultura y de la música en Cafayate, cantaba en las sobremesas familiares, con la voz llena de sentimiento y los ojos brillantes. Matías miraba maravillado a su también padrino, sin saber que aquella melodía se instalaría para siempre en su memoria como una profecía cumplida.

En esa casa, el vino era el centro de la mesa. Lo producían y lo celebraban. Las sobremesas se estiraban hasta la noche, los brindis se multiplicaban sin cansancio y la música siempre estaba ahí, tejiendo el ambiente. La familia entendía que los varietales se producen con tiempo, con memoria y con buenos momentos. Hoy, el título de ese bolero que Matías recuerda con nostalgia es el nombre de uno de los vinos más reconocidos por los críticos internacionales en Argentina: "Amar y vivir".

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"Arca Yaco es un proyecto propio que inicié en 2010 sin socios ni inversores corporativos. Buscaba recuperar el oficio de bodeguero de mi abuelo Arnaldo, quien fundó la bodega familiar en Cafayate hace casi un siglo", le cuenta a LA GACETA y detalla que que tenía una sola certeza: "Apostamos por una enología sencilla y de mínima intervención que exprese el ADN único y la calidad de la uva de nuestro terruño".

Esa filosofía encontró su escenario en la Quebrada de San Lucas, un lugar que hasta entonces nadie asociaba con el vino. Tuvo que hacer camino al andar. "Descubrí la finca en 2010 a través de un aviso clasificado en el diario. Era un lugar que estaba totalmente fuera del mapa vitivinícola argentino. Solo se la conocía por la producción de frutas y frutos secos", recuerda. Y el acceso era casi una hazaña: "Al principio ni siquiera había camino vehicular; tenía que ingresar caminando dos kilómetros por el lecho del río desde un caserío de San Lucas".

Y así se fue armando la bodega Arca Yaco, a puro pulmón, construyendo caminos y acequias para el riego. No había planificación previa ni estudios de suelo encargados a consultores internacionales hasta ese momento. Pero había una convicción de que el terroir tenía algo que decir, y Matías estaba dispuesto a escucharlo.

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Las seis hectáreas (cinco y media en Finca Arca Yaco y media hectárea de Malbec en Finca El Monte, a 2.700 metros de altura) producen unas 30.000 botellas anuales. Es una escala pequeña, casi artesanal, que permite mantener el control sobre cada detalle del proceso. "Trabajamos con volúmenes que nos permiten cuidar cada etapa. No es lo mismo hacer 20.000 botellas que 200.000. La atención al detalle es distinta", comenta.

La primera añada de Amar y Vivir fue la de 2015, pero no se comercializó hasta 2016 o 2017, cuando Matías consideró que el vino estaba listo. Era un Malbec de altura, con paso por roble francés durante 15 meses, que reflejaba el carácter de la Quebrada de San Lucas. La respuesta fue inmediata. Críticos y consumidores coincidieron en algo: aquel vino tenía una personalidad única.

En 2018 llegó la segunda línea: Imagínate la dulce sensación que da el vino. Otro nombre que, como el primero, nace de las añoranzas de Matías y se convierte en un testimonio embotellado. Con esta etiqueta, el bodeguero sumó Malbec y Torrontés, ampliando el espectro de su propuesta. "El Torrontés es una de las grandes cepas argentinas -explica- y en San Lucas encuentra una expresión particular. No es el Torrontés clásico de Cafayate; tiene una frescura y una mineralidad que lo distinguen".

El reconocimiento no es nuevo para Arca Yaco. Este año, como ya ocurrió en ediciones anteriores, el crítico británico Tim Atkin volvió a incluir la bodega entre las 25 más destacadas de la Argentina en su "2026 Argentina Special Report". Esas distinciones, repetidas cosecha tras cosecha, abrieron las puertas del mundo: hoy los vinos de ese rincón salteño están en los mercados de Estados Unidos, China, Reino Unido, Italia, Alemania y Suiza. "Exportar es un desafío. Es una forma de llevar un pedazo de a Quebrada de San Lucas al mundo", añade.

La receta parece simple, aunque es el resultado de años de observación y trabajo : "La altura es un factor clave, pero también lo es la orientación de los viñedos, la composición del suelo, el agua que usamos para el riego. Todo eso se junta en una botella. No buscamos hacer vinos para que los críticos los puntúen. Buscamos hacer vinos que cuenten una historia. Si además los críticos los reconocen, bienvenido sea".

Pero hay una historia dentro de la historia. En la cosecha del año pasado, Matías decidió experimentar. Elaboró 2025 Arca Yaco Amar y Vivir Rosé de Cabernet Sauvignon. Fueron apenas 300 botellas con una crianza de cinco a seis meses en roble francés. Fue un ensayo, una prueba. Algo que, pensó, quizás nunca saldría de la bodega.

El resultado lo sorprendió. "No esperaba que tuviera esa personalidad", confiesa. El vino tenía un color tenue, casi salmón, y una estructura que pocos rosados logran. "Lo hicimos con Cabernet Sauvignon, que no es la variedad típica para un rosado. Pero funcionó. Y funcionó bien". Atkin no dudó en valorarlo como "Descubrimiento Vino Rosado del Año".

"Lo que aprendí con el rosado es que el vino te sorprende cuando menos lo esperás", reflexiona Matías y agrega: "A veces las mejores ideas surgen de un error o de una intuición. La clave está en estar atento y en no tener miedo a probar algo distinto". Para la vendimia 2026, ya duplicó la producción.

La bodega de Etchart es distinta porque está en un lugar que el mapa todavía no termina de nombrar. El camino no fue fácil. Hubo miedo, vértigo, esperanza, pero la apuesta funcionó. Hoy los amantes de la bebida nacional reconocen su trabajo. Los vinos de los Valles Calchaquíes tienen calidad de sobra y un futuro enorme. Y él, que se involucra en todos los procesos, desde la elaboración hasta el marketing, sabe que el reconocimiento de afuera y la pasión de adentro siguen escribiendo una historia que, como dice el bolero, se vive una sola vez.

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